Irse

Irse no es marcharse. Ni ausentarse. Ni huir. El que se marcha vuelve. El que se ausenta, en cierto modo, está. Y el que huye, nunca estuvo. Irse es otra cosa. Irse es dejar de estar y, de alguna manera, dejar de ser, se regrese o no. Yo, me he ido. Irse tiene algo de [...]

Irse no es marcharse. Ni ausentarse. Ni huir. El que se marcha vuelve. El que se ausenta, en cierto modo, está. Y el que huye, nunca estuvo. Irse es otra cosa. Irse es dejar de estar y, de alguna manera, dejar de ser, se regrese o no.

Yo, me he ido.

Irse tiene algo de ruptura, de separación violenta, de pérdida. Cuando uno se va es porque todo lo demás se queda. Se queda atrás, en un pasado no solo temporal, sino emocional.

 

Irse rompe sin miramientos la barrera del tiempo, y abre una brecha entre pasado y futuro de una profundidad abisal. Atrás queda todo. Nada por delante. Y entre el todo y la nada, uno mismo. Solo. Y asustado.

Irse es buscar, aunque no se sepa qué. Motivos para seguir creyendo en el ser humano, y en uno mismo. Tal vez.

 

Irse es creer. Creer que una hora en un minuto cabe. Que dos más dos son veintidós. Que el futuro siempre será mejor. Irse es de románticos. De ilusos. De optimistas. Irse es darle una oportunidad a los sueños. Y a los que sueñan.

Irse es no claudicar, no rendirse, no ceder ante lo que no está bien, frente a lo que puede estar mejor. Irse es pelear.

 

Irse es volver a empezar. Regresar a un principio para recorrer un camino. Irse es reencontrarse. Irse es recomponerse. Y reconstruirse. Irse es reinventarse.

Irse es darle una oportunidad a lo desconocido, a lo que esté por venir, a la vida. Irse es apostarse a uno mismo vehementemente a la jugada más difícil, y al premio más grande.

Irse como me he ido es proferir un grito interior de una envergadura brutal.