Málaga – Melilla

Había pasado un rato agradable charlando con Pepe, sentado en la butaca de su salón desde la que se disfruta de una vista espléndida del mar Mediterráneo, cuando llegó Ida. Debo aclarar que Pepe es ella, e Ida es él. Pepe y yo nos conocimos veinte años atrás, pero habíamos perdido el contacto y nos [...]

Había pasado un rato agradable charlando con Pepe, sentado en la butaca de su salón desde la que se disfruta de una vista espléndida del mar Mediterráneo, cuando llegó Ida. Debo aclarar que Pepe es ella, e Ida es él. Pepe y yo nos conocimos veinte años atrás, pero habíamos perdido el contacto y nos reencontramos casualmente por medio de Ida, su marido, a quien no había tratado hasta hace unos meses, durante el proceso de preparación de la Expedición. Ahora, viven casualmente en Málaga, donde debía embarcar con destino a Melilla.

Si el texto que lees no tiene errores ortográficos o de sintaxis es debido a que ha pasado por las manos de Pepe. Y cuando hemos conseguido resolver un problema relacionado con la gestión técnica de nuestras redes sociales, por ejemplo, es porque Ida nos ha echado una mano. Ellos son parte del equipo que hace posible la Expedición y, como los demás (aprovecho para mencionar aquí a Christian, sin cuya contribución este texto no habría llegado a ninguna parte, pues es él quien lo debe distribuir, junto con las fotos o los vídeos; y a Patricia, sin cuya aportación no podrías leer ningún texto ni ver ninguna foto en los blogs de la Expedición, pues es ella quien cuelga las entradas) dedican el tiempo que pueden a Escritores Sin Fronteras sustrayéndoselo a otras cosas y a su tiempo libre. Gracias por eso, chicos, compañeros, amigos.

Cenamos en compañía de sus hijos lo que Pepe había cocinado para todos. Durante la cena charlamos sobre la mecánica de trabajo y el papel de cada uno. Después de cenar, Ida y yo nos quedamos solos resolviendo alguna cuestión técnica. Tenía la cabeza embotada, y alguna de las cosas que me enseñó sobre manejo de software u otras, tardaría solo unas horas en olvidarlas. A eso de las doce también Ida se retiró a dormir, y me quede solo, trabajando en el ordenador y poniendo algo de orden entre mis cosas, hasta las dos de la madrugada. Estaba tan cansado que solo con pensarlo me entraba la risa floja. Caí rendido. No había llegado a cerrar los párpados del todo y ya estaba dormido.

Por la mañana, más descansado, fui mucho más consciente de la puesta en marcha de la expedición de lo que lo había sido en la Puerta del Sol. A esa sensación contribuyó la visión del puerto y del barco, y la certeza de encontrarme, en apenas unas horas, en el continente africano.

Yo mismo estivé la moto en el aparcamiento del barco. Coloqué mi equipaje en consigna y subí a cubierta. El barco zarpó sin apenas pasajeros a bordo. Lentamente, como sin querer hacer ruido, como para no molestar, dejamos atrás España.

El sol brillaba intensamente, y una ligera brisa soplaba en la dirección del barco, por lo que la sensación de aire en movimiento era casi nula. El mar estaba en completa calma, y la navegación no podía resultar más placentera. En siete horas de travesía tuve tiempo suficiente de grabar algo de vídeo, hacer unas fotos, comer y, por supuesto, dormir como pude sobre un banco del comedor. Tardaría varios días en sacudirme del cuerpo una permanente y objetiva sensación de sueño.

Con el atardecer llegamos a Melilla, y a África. A la España africana. Caía el sol por detrás de la ciudad y del puerto, y la iluminación de las calles y del casco viejo empezaba a destacar sobre la débil luz del día que se apagaba. Fue en ese momento cuando tomé conciencia de que el viaje había empezado, y de todo lo que para Escritores Sin Fronteras y para mí representaba ese momento. El operario lanzó la amarra que otro, desde tierra, atrapó y fijó al noray. Tuve la sensación de que esa amarra me ataba también a mí a África, y que allí permanecería amarrado ese barco hasta que yo regresara, aunque a otro puerto, aunque a otro barco, para llevarme de nuevo a casa.

Salí del barco sin las más remota idea de qué dirección tomar. Por casualidad, terminé en lo alto del casco viejo, en donde hay una pequeña placita desde la que se disfruta de una preciosa vista del puerto. Allí me quedé un rato, a solas conmigo, contemplando la magnífica visión del barco iluminado en toda su enormidad, tomando conciencia de mi nueva condición de nómada, de viajero solitario, de corresponsal de ESF, de aprendiz de tantas cosas.

Volví en mí y recordé que Karima Toufali, la escritora melillense que representa a España en “Historias de África” esperaba mi llamada.

- ¿Hola? ¿Karima? ¡Qué alegría saludarte! Sí, acabo de llegar.