Saná

Ayer pasé la mañana en la Universidad de Rabat. Había sido invitado por Larbi El-Harti, escritor representante de Marruecos en “Historias de África” y profesor de literatura en esa universidad, a dar una charla sobre Escritores Sin Fronteras y la Expedición Africana. La charla pareció gustar, y me pidió dar una segunda. En la segunda, [...]

Ayer pasé la mañana en la Universidad de Rabat. Había sido invitado por Larbi El-Harti, escritor representante de Marruecos en “Historias de África” y profesor de literatura en esa universidad, a dar una charla sobre Escritores Sin Fronteras y la Expedición Africana. La charla pareció gustar, y me pidió dar una segunda. En la segunda, más numerosa y con asistentes de mayor edad, lo pasé mal. No porque me resultara menos entretenida y agradable que la primera, sino porque en primera fila, con sus inmensos ojos de color miel clavados en mí, vino a sentarse una chica de la que llegué a sentir que me estaba enamorando.

Vestía vaqueros ajustados, una camiseta a rayas azules y blancas, una chaqueta de punto y bailarinas color piel. Recogía su pelo negro con una diadema, dejando al descubierto una frente amplia. Su piel era blanca, y sobre la cara había aplicado una ligera capa de maquillaje. Una gruesa línea negra hacía parecer mas rasgados sus grandes ojos y más inquietante su mirada. Su nariz era algo prominente, inequívocamente árabe lo que, lejos de afearla, le otorgaba más carácter y personalidad. Cuando mostraba su blanca sonrisa, de dientes graciosamente desordenados, yo me descomponía. El conjunto resultaba de una belleza algo anárquica, pero de un atractivo y un magnetismo para mí irresistible.

Lista, inteligente, rápida, no dejaba de preguntar, de forma dulce pero incisiva al mismo tiempo. Contestataria pero exquisitamente educada, no se conformaba con cualquier respuesta, ni le satisfacía un punto de vista expresado a medias.

Al final de la charla se acercó a mí para puntualizar algo que a su entender no había sido tratado suficientemente. No me trates de usted, por favor, le rogué. Pude hablar con ella dos minutos. Supe que por recomendación familiar había estudiado biología y se había licenciado en Salamanca. Ahora estudia literatura por puro placer. Su profesor, nuestro escritor marroquí, me contó sobre ella que era algo así como la delegada del curso, y activista del movimiento 20F.  Su profesor, ella y yo salimos juntos del edificio. Afuera la esperaba un chico de su edad al que besó en ambas mejillas, pero de una forma que no dejaba lugar a dudas respecto de quién era él. En ese momento sentí algo doloroso: sentí que soy mayor. Y que hay una forma de amor que está irremediablemente fuera de mi alcance.  Es el amor que se siente cuando el corazón sigue estando de una pieza, el amor que se siente cuando se es capaz de sentir únicamente amor.

Pero sentí algo más terrible que la pérdida de una forma de amor que no volverá nunca; sentí que soy mayor, y que el amor tiene edad, y que ella nunca sería para mí.

Esta mañana me he despertado pensando en ella. Saná, se llama. No la olvidaré. Estoy seguro.