Nador – Rabat

Hacía un viento infernal. No infernal de mucho viento, sino infernal de infierno. Ya en Melilla se había levantado un importante vendaval, pero del otro lado de la frontera la cosa era mucho más seria. Entre la frontera y Nador el viento me sacó de la carretera, y cerca estuve de caer a una zanja. [...]

Hacía un viento infernal. No infernal de mucho viento, sino infernal de infierno. Ya en Melilla se había levantado un importante vendaval, pero del otro lado de la frontera la cosa era mucho más seria. Entre la frontera y Nador el viento me sacó de la carretera, y cerca estuve de caer a una zanja. Muy cerca. Tan cerca como que ya había puesto el cuerpo en tensión preparando una inminente situación de claro peligro. Pero en ese momento, por alguna razón, el viento amainó por un instante y pude hacerme con la situación.

 

Paquita, conmigo encima, sobrepasa los 400 kilos de peso. Hasta 450 si llevo el depósito lleno. Tal peso, en esas condiciones de viento racheado, no significa ni mucho menos que la moto no se mueva, sino que es aún más vulnerable, porque contra cada variación en la fuerza del viento se produce una inercia opuesta proporcional al peso, con lo que uno va luchando contra la enorme fuerza del viento y contra la repentina ausencia de él. En una ocasión tuve que reducir marchas hasta engranar segunda, a una velocidad no superior a 30 km/h, y salir del golpe de viento acelerando hasta que éste cesó. En resumidas cuentas: conducir más de 200 kilómetros en esas condiciones resulta ser un verdadero suplicio. Y agotador.

 

Pero preferí llegar a Rabat conduciendo por la ruta del norte, por Alhucema y atravesando el Rif, territorio bereber, y parando a hacer noche en Chefchaouen, que viajar por el sur hasta Fez, y de allí a Rabat. En lo primero acerté, porque conducir por el Rif disfrutando de sus curvas de montaña y sus paisajes de bosque de pino mediterráneo y abetos es una verdadera delicia. Pero en lo segundo fallé, porque Chefchaouen no vale, desde mi punto de vista, más de una tarde.

 

Mal asunto cuando en un lugar turístico cualquiera se dirige a ti llamándote amigo. Eso significa que cualquier tipo de relación es inviable porque falta lo esencial: respeto mutuo. Prueba de ello es que después de amigo se producían de forma invariable, y en el mismo orden siempre, dos preguntas. La primera: ¿Buscas hotel? La segunda: ¿Quieres hachís del bueno, marihuana de primera? Me contaron que debido a la crisis y al descenso en la venta de hachís, los distribuidores se han visto obligados a cambiar el hachís que no conseguían vender por heroína con la que ampliar su oferta, y no pocos vendedores se han quedado definitivamente colgados. Mal asunto.

 

En las inmediaciones de Chefchaouen, un mercedes de los años 80, de esos enormes que tanto hay en Marruecos, me siguió como un enajenado a lo largo de varios kilómetros, dándome las luces largas y pegándose a mí tanto como podía. Quería, por supuesto, hacerme parar y ofrecerme droga. De pronto, desistió y dio media vuelta. Supe después que a esos coches, en general, se los conoce con el certero apelativo de vacas locas.

 

El tiempo había cambiado desde Melilla, y ahora hacía frío y llovía. Cruzando el Rif se había hecho necesario abrigarme, pero con lluvia la cosa resultaba más incómoda. Decidí entonces quedarme en Chefchaouen una noche más, abstraerme del clima de cuelgue generalizado incluso en la recepción de mi hotel, y dedicarme a trabajar hasta que escampara.

 

Dejé a Paquita en la plaza, bajo la supervisión del vigilante, a razón de 1,90 € el día. Saqué lo necesario para trabajar, y en el trasteo cayó la cámara al suelo. Eso mismo, y de la misma forma, me ocurrió hace 27 años, y tenía que repetirse precisamente en Chefchaouen. Desde entonces, para accionar el zoom se hace necesario aplicarse con determinación. También en el aparcamiento descubrí que la botella de plástico instalada en el portabotellas adosado a la maleta izquierda se había fundido, producto del calor despedido por el tubo de escape. Adiós botella. Y adiós aceite de motor de repuesto que llevaba precisamente en esa botella. Ahora, busco una de aluminio, que no se deshaga con tanta facilidad, y aceite mineral de las características del que necesita Paquita, pero todavía no he encontrado ni lo uno ni lo otro.

 

Llegar a Rabat desde Chefchouen resultó un agradable paseo sin contratiempos. No más de cinco minutos después de parar en la Avenida Mohamed V, mientras llamaba por teléfono desde una cabina a mi contacto en Rabat, cayó una tromba de agua de esas que obligan a todo el mundo, incluidos aquellos que tienen paraguas, a abandonar las calles, cobijarse en tiendas y refugiarse bajo soportales hasta que pase la tormenta. Escampó en cosa de dos minutos. Las calles parecieron quedar como recién baldeadas, y el gentío se puso en movimiento y continuó con sus vidas como si tal cosa.