Félix

Nunca llegué a preguntarle el nombre. Sé que se llama Félix porque le ayudé a rellenar el formulario de solicitud de visado en la embajada de Mauritania en Rabat. No es que yo hable mucho francés, pero Félix, Finlandés sin pajolera idea de francés y, por tanto, sin posibilidad de intuir lo preguntado en cada [...]

Nunca llegué a preguntarle el nombre. Sé que se llama Félix porque le ayudé a rellenar el formulario de solicitud de visado en la embajada de Mauritania en Rabat. No es que yo hable mucho francés, pero Félix, Finlandés sin pajolera idea de francés y, por tanto, sin posibilidad de intuir lo preguntado en cada casilla, tenía un verdadero problema.

 

A cuenta de la solicitud de visado hicimos buenas migas, aunque nos separan 25 años de edad. Él tiene 20, toda la vida por delante para equivocarse, y una experiencia viajera que ya hubiera yo querido yo para mí a su edad. No ha viajado antes por África, pero se ha hartado de hacerlo por Asia, Europa y América.

 

No soporta, dice, los inviernos en Finlandia, y cuando siente que no aguanta más coge sus cosas y se va. Sin más. Y viaja. Eso muestra una peculiaridad de su carácter que tiene algo que ver con el hecho de que sea objetor de conciencia en su país (allí la mili sigue siendo obligatoria). No sólo lo es, sino que se negó a hacer el servicio civil sustitutorio y ha sido demandado por el estado por esa razón. Ahora, su estatus legal es de prófugo declarado, pero no condenado aún.

 

Viaja desde hace meses. Es escalador, y se detuvo en los Pirineos y en Madrid, en La Pedriza, donde alguna vez voy a correr, para practicar la escalada. Lo hacía en compañía de un amigo que acaba de regresar a Finlandia. Habían llegado hasta Marruecos y allí acababa el plan. Pero Félix decidió continuar viaje por su cuenta en compañía de dos franceses a los que habían conocido ¿Hablan inglés? no ¿Y cómo te entiendes con ellos? A duras penas nos entendemos.

 

El caso es que tiene aspecto de tipo muy sano, muy finlandés. Es más alto que yo, lo que me hace pensar que medirá 1,85, y si yo fuera chica diría que es un bombón. Está peleado con el clima y con la autoridad de su país, pero parece ser sociable, amable y educado. Felix es de esa clase de chico idealista, generoso y esencialmente bueno, que parece vivir en un mundo que él se va construyendo a su medida, al margen del que habitamos el resto. Supongo que por eso escala, y se escapa en invierno, y se enfrenta a un país.

 

Viaja haciendo autoestop. Es más auténtico, afirma. De esa forma se conoce bien a gente local, que te hablan de sus cosas y de sus costumbres, y tienes la oportunidad de compartir tiempo de verdad. Y estoy de acuerdo. Así es como aprendió lo que hay que saber sobre el hachís en Marruecos. Sus calidades. Sus precios. Su consumo. Las implicaciones legales.

 

Me confesó estar financiando su viaje con la compra-venta de hachís. Si lo haces, no lo cuentes, le dije. Perdió una zapatilla. No sé cómo. El caso es que no tenía dinero para comprar otro par. Entonces vendió su cazadora de escalador y se compró una piedra de hachís ¿Que dónde ocurrió tal cosa? En Chefchaouen. Qué casualidad. Y con lo que obtuvo por su venta compró un par de zapatillas, otra cazadora y le sobró para hacerse con una segunda piedra. Mal asunto.

 

Félix se encuentra al borde de un abismo. Un abismo oscuro y profundo. Muy profundo. Un abismo que se puede tragar el resto de su vida. Él no lo ve, pero para mí resulta cristalino. Y de nada serviría que yo hiciera de su padre. La cuestión no es si se gana un dinerillo trapicheando, o si así tendrá una aventura que contar cuando regrese. Se trata de que Félix vive desarraigado, desconectado de su origen sin haberse conectado todavía a otra realidad. Y está ávido de experiencias que espera vivir en sus viajes, mientras no estudia y se forma, lejos de responsabilidades y obligaciones. Es buen tipo, idealista,  vive desarraigado y está abierto a lo que sea que esté por venir. Todo eso junto constituye una combinación letal. Un bomba que le va a explotar en la cara. África no es el sitio para manejarse de esa forma, y Marruecos menos. Tal vez, y aunque suene paradójico, lo mejor que le podría pasar a Félix es que le detuviera la policía marroquí. Un susto a tiempo  tal vez le devolviera a casa, y a la universidad, con su familia y lo que quede de sus amigos. Si es la policía Mauritana la que le detiene tendrá muchos más problemas. Pero si nadie le detiene, estará perdido porque aunque en algún momento consiga volver a casa, en realidad no regresará jamás.