Rabat

Llego a Rabat apenas un par de minutos antes que una tromba de agua de padre y muy señor mío. Escampa enseguida, y el sol empuja cuanto puede para abrirse paso pero sin conseguirlo.   Lo que iban a ser tres días de un trabajo muy concreto, se alarga a siete días algo desesperantes. Con [...]

Llego a Rabat apenas un par de minutos antes que una tromba de agua de padre y muy señor mío. Escampa enseguida, y el sol empuja cuanto puede para abrirse paso pero sin conseguirlo.

 

Lo que iban a ser tres días de un trabajo muy concreto, se alarga a siete días algo desesperantes. Con Larbi El-Harti, escritor que representa a Marruecos en “Historias de África” y profesor de literatura en la Universidad Mohamed V de Rabat, me reúno enseguida, pero es para dar un par de charlas en la universidad sobre Escritores Sin Fronteras y la Expedición Africana. Hacerle la entrevista y las fotos, y recoger su relato, me iba a llevar algunos días más. No es fácil abrir un hueco de un par de horas en su agenda, y aunque voy advirtiendo de mi llegada, no puedo fijar un día concreto para los encuentros hasta que estoy muy cerca, y eso complica la agenda de todo el mundo. Es algo con lo que voy a tener que pelear durante todo el viaje.

 

Los planes se tuercen, y debo buscar en otro sitio tanto al niño que debía transmitirme un cuento como a la mujer que debía hablarme sobre la imposibilidad de haber proporcionado a sus hijos educación.

 

Al mismo tiempo, espero noticias de un contacto de Habitáfrica para la visita a un proyecto de cooperación en el suroeste del país, pero las noticias no llegan.

 

El equipo no termina de funcionar como es debido. La forma de ordenar y archivar la gran cantidad de fotos e imágenes de vídeo que voy a recoger no funciona, y en lugar de dedicarme a recoger imágenes debo emplear el tiempo en reorganizar por completo el sistema. La cámara de vídeo se ha empeñado en tragarse todas las imágenes, y no descarga ni una sola en el ordenador. No he hecho más que empezar, y al disco duro del ordenador apenas le queda memoria. Debo volver a organizar el disco duro externo para hacer de él, de momento, la copia principal del material en vídeo. Y que no pase nada. Todo esto me hace perder una cantidad de tiempo enorme. Y me desespera.

 

Me digo a mí mismo que debo ser paciente, que es lo normal en los principios. Que todo se colocará en su lugar.

 

Una vez en Rabat, para deshacerme de Paquita y moverme por la zona con tranquilidad, meto la moto en un parking público. Larbi me invita a quedarme unos días en su casa, que resulta estar en el edificio frente al parking. Y la oficina de Habitáfrica, donde debo encontrarme con Mercedes, mira tú por dónde, es la puerta vecina de Larbi. Lo juro. Rabat es la capital de Marruecos, y no es precisamente una ciudad pequeña. Resulta inaudito que Larbi, Mercedes y yo nos estuviéramos moviendo en un radio de 25 metros. Un día en el que no salí a la calle. De casa de Larbi me pasaba a la oficina de Habitáfrica a ver a Mercedes, y vuelta a casa de Larbi, y así sucesivamente a lo largo de todo el día. Sin cambiar de edificio. Ni de planta.

 

Cuando viajaba alrededor del mundo me encontré con la misma persona en Santa Marta, Colombia, y en Dharamsala, India. Había transcurrido un año en el que yo no había parado de viajar, y ella, australiana, volvía a disfrutar de sus vacaciones un año después y en las antípodas de Colombia. Como veis, estas cosas me pasan.

 

El niño y la mujer han sido localizados en Marrakech gracias a uno de mis contactos. Del proyecto de cooperación a visitar no se sabe nada. Decido lanzarme hacia Marrakech para no perder más tiempo. Un par de horas antes de montarme en la moto me entero de que ya no es posible obtener visado mauritano en la frontera. Ni siquiera en el consulado de Casablanca, que ha sido clausurado. Menos mal que me dio por informarme. Al parecer, hay gente regresando desde la frontera hasta Rabat a por su visado, y son más de 1.500 kilómetros.

 

Salgo disparado, como una exhalación, hacia la embajada mauritana en Rabat. Cuando llego son las 11:10 de la mañana. Mala noticia: los pasaportes se recogen exclusivamente entre 9 y 11. Y es viernes. Además, no hay forma de reducir el tiempo de tramitación, y son 24 horas. Es decir, debo regresar el lunes a iniciar el trámite y hasta el martes no tendré mi pasaporte con el visado. Maldigo mi suerte. Y me maldigo a mí por no haber sido más cuidadoso y estar mucho más pendiente de las posibles sorpresas. Ese que he cometido es un error de principiante. Decido profesionalizar un poco más la gestión de la expedición, fiarme de las apariencias y de la información menos que de mi sombra, pero flagelarme lo menos posible.

 

Me doy una hora para aceptar la idea de que no voy a salir de Rabat en cuatro días, y organizo mi plan. Cuatro días inesperados de parón suponen un gran retraso, pero al mismo tiempo son una gran oportunidad para poner las cosas a punto. Y me queda algo de tiempo para visitar el cementerio de la ciudad, junto al mar, y la Kasbah.

 

Es una verdadera suerte contar en Rabat con el apoyo de Habitáfrica y de Mercedes y su gente. Y un lujo. Me ceden una mesa en la que dispongo de espacio y silencio para trabajar. Tengo Wi-Fi a una velocidad razonable. He podido hacer las dos llamadas telefónicas que debía realizar. A las 11 de la mañana alguien prepara siempre un café. Me proporcionan información y ayuda sobre trámites o cómo localizar algún lugar en la ciudad. Y me dejan arrinconar la moto en su plaza de aparcamiento, de donde no la he sacado en varios días salvo para lavarla. Ya digo, un lujo. Desde aquí, gracias. Muchas gracias.

 

Mañana, al fin, recojo mi pasaporte con el visado Mauritano. Tan pronto como lo tenga en mi poder, saldré pitando hacia Marrakech. Otra vez una ciudad. No me gustan las ciudades. Son insalubres. Allí estaré tres días, recogiendo el cuento para “Cuentos de África”, y la historia de una mujer sobre la educación de sus hijos (o cómo no consiguió llegar a educarlos) para “Sabores de África”. Tengo peticiones para visitar en otros países más proyectos a los que podría atender si dispusiera del doble de tiempo para viajar, por lo que no me preocupa no haber visitado éste en Marruecos. En su lugar, visitaré otro en Ghana. Y en adelante seré mucho más concreto, expeditivo diría, en la gestión de las visitas a proyectos. Lo que no tiene que ser, no es. Eso me digo.

 

Tengo ganas de que empiece la aventura de verdad pero, si lo pienso bien, me doy cuenta de que ha sido una bendición que todo lo que me ha ocurrido haya sucedido en Marruecos. Éste es un país muy fácil comparado con lo que me espera, y resolver aquí tanto inconveniente me ha ayudado a estar mucho más preparado para cuando el entorno sea mucho menos manejable.