Marrakech

Si hay una hora para entrar en Marrakech, es a las siete de la tarde. Refresca, y la ciudad se ilumina para recibir al viajero. Llegar a la Koutoubía con la caída de la noche no puede ser lo mismo que hacerlo a mediodía. Y eso crea cierta predisposición en el ánimo de uno hacia [...]

Si hay una hora para entrar en Marrakech, es a las siete de la tarde. Refresca, y la ciudad se ilumina para recibir al viajero. Llegar a la Koutoubía con la caída de la noche no puede ser lo mismo que hacerlo a mediodía. Y eso crea cierta predisposición en el ánimo de uno hacia esta ciudad. Marrakech, desde el primer momento, me gusta.

El viaje desde Rabat ha sido cómodo, fácil y rápido. Con ayuda de Máximo y Robert, encuentro aparcamiento para Paquita y alojamiento para mí a un tiro de piedra de la Plaza Yamaa el Fna. Cambio algo de dinero. Localizo un café donde escribir. Me entero de dónde desayunar. Y dónde comer. Me afano por dotarme de rutina lo antes posible.

Por la mañana, a las nueve en punto, llego a la entrada del hotel Club Med, frente a la Koutoubía, y Máximo y Robert ya están allí. A Máximo lo conocí hace varios años, en Madrid, pero no habíamos vuelto a vernos desde entonces. Es puntual, educado y elegante como un caballero inglés. Viste camisa – por supuesto, de manga larga-, chaleco de punto color hueso con cuello en pico, pantalón de entretiempo, zapatos cómodos de piel marrón y sombrero de ala corta. Amenaza lluvia, y trae consigo un paraguas negro con mango de madera. Ya digo, un tipo elegante, que se mueve por la Medina de Marrakech con soltura de habitante. Porque lo es.

En Rabat recordé que años atrás había decidido comprar un ryad en la Medina, reformarlo y mudarse allí definitivamente. Conseguí su número de teléfono y le llamé. Necesitaba ayuda para encontrar a un niño que me contara un cuento tradicional infantil marroquí, y a una mujer que me hablara sobre la educación de sus hijos. Y se prestó a echar una mano.

Una mujer y un niño han accedido a ser los protagonistas de mis dos historias. Lo han conseguido con la mediación de Samadi, la persona de confianza de Máximo en Marrakech, a quien le une una relación de años que empezó siendo laboral y acabó por convertirse en algo más sólido.

Me confirman que tenemos previsto un primer encuentro hoy mismo con la mujer y el niño. Las entrevistas, con sesión de foto y vídeo, tendrán lugar mañana.

La casa de Máximo es una isla de paz, frescor y silencio en el corazón de la Medina. Su ryad se levanta en torno a un pequeño patio. El centro del patio lo ocupa una fuente de estilo árabe.

Tengo la sensación de que esa casa no se ha concebido alrededor de un patio, sino en torno a un sonido. El sonido del agua de esa fuente es el pilar sobre el que se ha construido el ryad.

Cuando llegamos, la comida está preparada. Tajine de pollo. Delicioso. Y deliciosa compañía. La sobremesa se alarga. Después, subimos a la azotea, desde donde se divisa el desván de Marrakech. Un mar de azoteas, y de espacios abiertos a multitud de otros patios que quedan ocultos a la vista. Máximo señala aquí y allá las propiedades de otros europeos. Una de las azoteas destaca por su sofisticada pero sencilla decoración. Es la azotea del ryad que pertenece a los dueños de Louis Vuitton.

De pronto, suena la voz del muecín llamando a oración desde la cercana mezquita. En el tiempo que llevo en Marruecos habré escuchado la llamada a la oración decenas de veces, pero esta vez es distinto. La calidad del sonido es buena, la voz es profunda, y está cargada de emoción y sentimiento. Inesperadamente, se produce uno de esos momentos sencillos, aparentemente intrascendentes, pero que por la forma en que nos llenan por dentro se convierten en el hilo con el que se hilvana un conjunto de otros recuerdos asociados a ese momento. El olor a especias que sube desde los puestos del mercado hasta las azoteas de la Medina es el olor de la voz de ese hombre.  En lo que cantaba vive la luz de las tardes de Marrakech. Y en su voz se aloja el sonido del agua que llena la casa de  Máximo. Es con esos momentos con lo que se construye la memoria de lo vivido en un viaje.

El poco tiempo libre de que dispongo en Marrakech lo dedico a pasear por la Medina. No necesito más. Ni la compañía de nadie.

Resueltos mis encuentros con la mujer y el niño, arreglo mis asuntos domésticos y me preparo para marchar. Envío una gran cantidad de e-mails, imprimo las fichas con mis datos del pasaporte para ir entregándolas en los puestos de control de policía hacia el sur, termino de cargar las baterías de todo el equipo, recojo mi ropa de la lavandería, hago el equipaje y lo echo sobre Paquita.

Se acaba lo fácil. Y me alegro. El viaje va a dejar de serlo, y va a empezar a parecerse más a una aventura. Tengo ganas de polvo, de pista, de encuentros con otros nómadas, de desiertos, de espacio, de silencio.

Sí, de silencio.

De silencio interior.

El silencio.