Madrid – Bayern

Me pregunta si soy del Real Madrid o del Barca. No me gusta el fútbol, le respondo. Pero ésa no parece que sea una respuesta aceptable y vuelve a preguntarme: ¿Del Madrid o del Barsa? Está bien, digo, soy de Madrid, así que supongo que soy del Madrid. ¡Ah, bien! ¿Entonces verás el partido de [...]

Me pregunta si soy del Real Madrid o del Barca. No me gusta el fútbol, le respondo. Pero ésa no parece que sea una respuesta aceptable y vuelve a preguntarme: ¿Del Madrid o del Barsa? Está bien, digo, soy de Madrid, así que supongo que soy del Madrid. ¡Ah, bien! ¿Entonces verás el partido de esta tarde, a las 18:00, en Al-Jazeera?, me pregunta. Si, claro, no me lo perdería por nada del mundo, le digo. Creo que cualquier otra respuesta habría sido equivocada e inútil.

Salgo del aparcamiento, adonde he ido temprano para comprobar que Paquita está en perfectas condiciones. No me he alejado ni cincuenta metros cuando ya me he olvidado del asunto del partido. Paso el día a lo mío, y cuando por la tarde doy mis tareas por acabadas me voy a dar una vuelta por la parte de la Medina menos transitada por turistas, en busca de las fotos que no consigo hacer. Nada más cruzar una de las múltiples puertas abiertas en la muralla, encuentro a mi izquierda un local en el que tiene lugar una actividad inusualmente intensa, y cierto revuelo delata que algo sucede, o va a suceder.

El local está revestido de azulejo blanco y verde, y la potente luz fluorescente le imprime un cierto aspecto psicodélico. Varios hombres se afanan en colocar sillas de plástico en hileras. Me asomo y me doy cuenta de que estoy en un bar, y que se preparan para ver el partido de fútbol televisado. Un hombre me hace señas para que me dirija a la planta alta. La curiosidad me puede, y allá que voy. Paso junto a un montón de cajas de refrescos apiladas por todas partes, alcanzo las escaleras, y subo.

 

Arriba hay más de lo mismo, pero la cantidad de sillas es superior. Están dispuestas en ele, mirando a dos televisores colgados estratégicamente. Así, por encima, cuento unas 150 sillas encajadas entre sí para llenar cada centímetro cuadrado. No dudo ni por un instante que va a ser una experiencia entretenida ver un partido del Madrid en compañía de marroquíes, así que busco un sitio en el que acomodarme. Hay muchas sillas vacías, lo que me hace suponer que el clima será relajado, y elijo una en la última fila, desde donde controlo visualmente el local; y en el centro de la fila, justo enfrente del televisor.

 

Dos minutos antes de que empiece el partido comienzan a aparecer hombres, exclusivamente hombres, como si se hubiera roto una tubería de personas. A unos segundos para que suene el silbato me encuentro rodeado por completo, y con la sensación de estar encajado en mi sitio, sin posibilidad de moverme, entre un hombre mayor con chilaba pero sin dientes, y uno más joven, que se ha mostrado algo confundido al verme allí sentado, pero que no ha encontrado otro sitio donde sentarse. El local está abarrotado.

Me doy cuenta de que este partido de fútbol es para ellos mucho más que el evento deportivo de la semana. Supone un acontecimiento en sus vidas que yo no alcanzaría a comprender por mucho que meditara sobre ello. Lo que estoy a punto de presenciar no es en absoluto comparable a lo que en alguna ocasión he visto en los bares de mi ciudad cuando se televisa un partido del Madrid.

 

Por su aspecto no cabe duda de que todos ellos pertenecen a la clase más humilde, y del trato que me dispensan, distante o amigable pero nunca condescendiente, deduzco que no trabajan en asuntos relacionados con turismo. La mayor parte de ellos, jóvenes o viejos, son gente de manos grandes, piel requemada y espalda castigada por el trabajo manual en el exterior, o en los talleres, o en las fábricas.

Los refrescos, cafés o tés los sube un camarero, y circulan de mano en mano por encima de las cabezas hasta llegar a quien ha pedido cada cosa. A mí me llega un Sprite. No soy capaz de recordar la vez que me tomé el último. Doy un trago. Está frío. Me alegro. Eso alivia una incipiente sensación de agobio. Para distraer esa sensación trato de ver la situación desde otro punto de vista. Pienso que tiene algo de infantil lo de ver la tele con los amigos tomando refrescos. Me recuerda a cuando era niño y mis padres me llevaban los domingos a un cine de sesión continua.

El ambiente se empieza a calentar. Los animadores del Madrid, para mi sorpresa, son clara mayoría, pero los que se han alineado con el Bayern, conscientes de su debilidad, hacen más ruido. De pronto percibo un inconfundible olor. Alguien está fumando marihuana. El que se haya hecho un porro en un espacio atestado de gente y cerrado como éste es un campeón, pienso. Le van a poner de vuelta y media. Persigo con la vista la posible procedencia del olor y localizo al valiente. O eso creo, porque unos asientos a la derecha hay otro tipo compartiendo otro con quien tiene a su lado. Cristiano Ronaldo no habrá metido el primer gol, allá por el minuto 15 de partido, y la atmósfera estará cargada por completo de humo procedente de multitud de diferentes porros. Ya lo entiendo. Esto no es un cine de sesión continua.

Ronaldo marca, y el escándalo es descomunal. No puedo evitar reírme a carcajadas, contagiado de la fiesta, y celebrar el tanto con el viejito sentado a mi izquierda. Él, a su vez, me golpea con su mano en el pecho, clara muestra de camaradería, y me regala una amplia sonrisa sin dientes. Me sorprende lo sonrosado de sus encías allí donde un día hubo dientes. ¿Y por qué eso me llama la atención? A punto estoy de meterle el dedo en la boca para comprobar que sus encías no son de chicle de fresa. La celebración se alarga varios minutos, adornada con cánticos y un grito que repiten consecutivamente varias veces. Nunca había visto celebrar un gol de esa forma, con esa pasión, con esa entrega. Jamás en un madrileño seguidor del Madrid. Esto es otra cosa, de otra naturaleza, y surge de otro lugar en el interior de esta gente.

El dueño del local, un tipo menudo, malencarado, algo enjuto y todo bigote, fiscaliza con ojo de águila cada movimiento, apostado debajo del televisor que queda más cerca de la puerta. No sé qué controla, pero no es el consumo de droga, a lo que no presta la menor atención, y que ha ido a mayores. Ahora, son porros de hachís introducidos al final de un canutillo, como de veinte centímetros de largo, lo que más veo fumar. El humo de uno de ellos se lo está metiendo en el pecho el tipo que tengo sentado delante, a menos de un metro de mi cara. Andanadas de humo me envuelven entre calada y calada.

Se asoma a la puerta el vendedor de dulces. Le reclaman desde diferentes filas. Recorre el angosto pasillo hasta donde puede. Sobre las cabezas viajan ahora bizcochos de coco, galletas y cruasanes. Entonces, el Madrid marca. 2-0. Saltos, gritos y algo de descontrol. Vuelan cruasanes, pero no son los de la bandeja, sino los que estaban en ese momento en espacio aéreo indeterminado. Un roto para el bolsillo del vendedor.

El local solo tiene dos ventanucos en la parte alta, y no dan abasto para evacuar el humo. Estoy mareado. Me da por pensar en lo que pasaría si me cuelgo del todo con tanto humo, pero ya no me importa. El calor ha ido en aumento, y el ambiente se ha ido cargando. Huele a tigre. Y ese olor, mezclado con el del hachís y la marihuana componen una mezcla capaz de tumbar al machote entre los machotes.

Por alguna razón incomprensible, el jefe decide encender las luces y la sala se ilumina como si fuera una pista de aterrizaje. A poco está el personal de amotinarse y arrojarle escaleras abajo. El griterío no admite réplica, y el jefe decide apagar tan rápido como había encendido. Estamos en penumbra. Y será debido al cambio de intensidad de luz, pero mirando hacia los ventanucos, flotando en los últimos rayos de sol de la tarde que por allí se cuelan, puedo ahora calibrar la clase de nube de humo en la que me encuentro sumido ¿Se frena la luz al penetrar en la nube de humo o es lo que me parece a mí? Y si se trata de lo segundo ¿Es eso síntoma de algo?

Trato de darme ánimos, y me digo que ya queda poco para que acabe el partido. No consigo convencerme del todo de que el final está ya cerca, cuando el Bayern marca. Mal asunto. Nos vamos a la prórroga. Media hora más en esa suerte de baño turco, en el que también solo hay hombres, también se suda, también se inhala, y se escucha música para calmar el espíritu. No estoy seguro de poder resistirlo. Miro a mi izquierda, pero no hay salida. A la derecha la hay, pero harto complicado hacerla efectiva sin correr riesgos. Decido aguantar, para creerme que puedo decidirlo. Como si hubiera alternativa.

 

Ahora es el vendedor de tabaco el que hace acto de presencia. Maldición, me digo; avituallamiento para los del hachís. Efectivamente. La tensión generada por el resultado deportivo dispara el consumo de estupefacientes. El del tabaco hace su agosto y desaparece antes de que un gol a destiempo dé al traste con el chiringuito que cuelga de su cuello, en una caja. La cabeza me duele, y me da vueltas. Empiezo a encontrarme realmente mal. Ya lo dice un amigo mío: el deporte no es nada sano.

Los ánimos se enconan. Surge alguna discusión algo subida de tono, pero seguidores de uno y otro bando acallan sin contemplaciones a los que entre sus filas las provocan. Eso es una buena señal. Parece que aquí no habrá peleas.

 

Cuando las cosas pueden empeorar, empeoran. Nada de goles en la prórroga. La contienda se resolverá en los penaltis ¿Y a mí qué me importan los penaltis? ¡Pero si no me gusta el fútbol! ¿Qué estoy haciendo yo aquí, pegándome la fumada de mi vida? Cuanto más profundo es el pozo en que se encuentra uno, tanto más fácil resulta encontrar un clavo al que agarrarse para salir de él. Es algo muy propio de la condición humana. Quizá por eso, la certeza de que no habrá un más allá de los penaltis me ayuda definitivamente a superar los últimos minutos de esta maratoniana sesión de hachís y marihuana.

Aparece el cobrador, prueba inequívoca de que esto se acaba. Mi dinero pasa de mano en mano hasta llegar verdaderamente lejos. Y esta apreciación no es producto de mi estado. No me hago idea de cómo puede el cobrador saber de quién es el dinero que le llega por un lado y otro, ni de cuánto debe cobrar a cada uno. Pero lo sabe.

El portero alemán para dos penaltis, pero Casillas le iguala. La tensión es mayúscula. Todo el mundo está en pie. El griterío es total. A más de uno están a punto de estallarle las sienes. Ramos lanza. Y falla. Se acabó. Por fin.

La luz se enciende enseguida. Nadie protesta esta vez. Abandonamos ordenadamente y en calma el bar, escaleras abajo, cediéndonos el paso unos a otros como no lo he visto hacer en ningún otro lugar o momento en este país, cosa que me sorprende enormemente. Los que ganan, saben ganar. Y los que pierden, saben perder. Y en la forma de retirarse parecen querer demostrarlo. En los comentarios no hay saña, ni revanchismo. No lo entiendo. Serán las drogas.

Que el islam prohíba el consumo de alcohol no impide a un musulmán salir de presenciar un partido en compañía de los compadres con una melopea de padre y muy señor mío. Pero yo no soy musulmán. No me gusta el fútbol. No estoy con mis amigos. Ni fumo nada de nada. Lo que me pasa no me ocurre por porreta, ni por futbolero, ni porque me sienta solo. Me sucede por curioso.

Llego a la calle y respiro profundamente durante varios minutos hasta oxigenar la sangre con otra cosa que no sea humo. El aire de la Medina me parece fino y puro. Nada como haber encontrado una nueva referencia más allá de lo que se creía posible para apreciar lo que se tiene. Hasta el día siguiente no se me habrá pasado del todo la borrachera, y tardaré una par de días en superar el dolor de cabeza.

Ellos repetirán lo que acabo de vivir tan pronto como tengan ocasión de hacerlo. En lo que a mí respecta, creo voy a tener que dejarlo.