Dakhla-Nouadhibou

Abro los ojos cuando aún no ha amanecido y me encuentro con la oscuridad total. El generador ha dejado de funcionar y también el silencio es completo. Trato de recordar dónde me encuentro y por qué. Me cuesta unos segundos recuperar con claridad la noción del lío en que ando metido. Doy un par de [...]

Abro los ojos cuando aún no ha amanecido y me encuentro con la oscuridad total. El generador ha dejado de funcionar y también el silencio es completo. Trato de recordar dónde me encuentro y por qué. Me cuesta unos segundos recuperar con claridad la noción del lío en que ando metido. Doy un par de vueltas dentro del saco, con cuidado de no sacar fuera ninguna parte de mi cuerpo, pero no consigo volver a dormir. Estoy nervioso. Hoy cruzaré la frontera con Mauritania y eso me produce algo de ansiedad. Tanteo con la mano y encuentro la cámara de fotos en el suelo. Me entretengo repasando las fotos del día anterior. Un rato después comienza a hacerse de día. Son las seis de la mañana y decido ponerme en marcha.

No sé por qué los llaman camping. No me imagino a nadie acampando en esas explanadas de tierra, polvo y piedras, con viento y sin sombra. Sobre todo si el precio es a veces similar al de una de esas habitaciones que, aunque infectas, tienen sombra, colchón, ausencia de viento y piedras (sobre el polvo y la arena no puedo decir lo mismo), y una puerta con llave. Imagino que las explanadas las utilizan los que viajan en todoterrenos, caravanas, campers, camiones o motor-homes.

Para mi sorpresa, apenas he visto viajeros que pretendieran llegar en su propio vehículo más allá de Marruecos. Es más, ahora que lo pienso, no he visto ninguno. Supongo que se debe a la época del año en la que viajo. Eso no es una buena noticia. Tenía la esperanza de encontrar alguno para cruzar juntos la frontera mauritana, pero me temo que tendré que pasar solo por ese lugar.

Llegué de noche al camping, y no pude hacerme idea de su emplazamiento. Salgo al exterior y de nuevo me doy de bruces con el mar. Así, de sopetón. Me gusta encontrarme de esa manera con el mar cada mañana. Solo un abrazo de mis hijas mejoraría esa forma de empezar el día.

Esta vez sí, consigo estar en marcha a las siete de la mañana. Hace fresco a esa hora. Sopla un viento intenso, pero constante y en dirección sur, la misma que llevo, lo que lejos de molestar resulta de lo más agradable porque puedo conducir a una velocidad constante con la sensación de estar parado. Abro la visera y hago lo que nunca hago: canto.

En un par de horas la intensidad de la luz me resultará difícil de soportar sin gafas de sol, pero a esa hora de la mañana es preciosa. Se diría que es una luz rellena por dentro de más luz. La luz del Sáhara al amanecer es a la luz lo que el agua del Mar Muerto es al agua. Tiene otra densidad, producto de lo cual uno flota en ella.

Llego a las inmediaciones de la frontera según lo previsto. Paro en la última gasolinera antes de la frontera para organizar el cruce. La idea es colocarlo todo de tal forma que nada quede fuera de mi control en el tiempo que tarde en cruzar de un lado al otro. Concentro todo lo necesario y toda la documentación en un solo lugar, a mano, pero bajo candado. El equipo y el material lo tapo y lo camuflo cuanto puedo.

Veo aparecer una especie de furgoneta todoterreno con matrícula austriaca, y me alegro de su presencia. Pero por poco rato. Enseguida me cuenta Anna que están de vuelta de la frontera. Son una pareja más de viajeros que han llegado hasta allí creyendo que podrían solicitar visado mauritano en el puesto fronterizo. Pero les han devuelto a Marruecos. Ahora, les toca decidir de qué manera van a llegar hasta Rabat, pedir allí los visados y volver a ese mismo punto. Llevo dos días y medio de viaje desde Marrakech y me doy perfecta cuenta de la inmensa putada que supone estar en su lugar. Menos mal que se me ocurrió informarme en Rabat, más tarde de lo que debía haberlo hecho, pero a tiempo de librarme de lo que les ha pasado a ellos. Van a tener que hacer el equivalente a Cádiz-Oslo por carretera, en su coche o en autobús local, en no menos de seis días, para volver a verse en el lugar en que se encuentran.

Continúo adelante y llego al puesto fronterizo marroquí. Cojo aire y tomo conciencia de lo que se me puede venir encima. Me juro que por nada del mundo voy a perder la calma. Ese será mi verdadera arma para cruzar la frontera con seguridad. Respiro profundamente y me lanzo adelante.

Salir de Marruecos resulta más sencillo de lo esperado. Es sólo cuestión de paciencia. Control de pasaportes, aduana, policía, ejército y estaré fuera del país. Mucha burocracia, pero con cierta forma de orden y noción del proceso. Mauritania no va a ser lo mismo, y se hará buena una vez más esa ley incontestable en virtud de la cual todo, por desagradable y engorroso que parezca, puede siempre resultar peor.

El puesto militar es el último trámite. Allí vivo en directo lo que significa echar a alguien fuera de un país. Un senegalés es empujado literalmente hasta el otro lado de la línea fronteriza, y es advertido a gritos de que no vuelva a poner un pie en Marruecos. Está a punto de convertirse en otro de esos apátridas abandonados a su suerte en el espacio entre fronteras.

Cruzo “Tierra de nadie” sin que suceda percance alguno. Si me lleva media hora hacerlo no es porque se trate de 30 kilómetros, como aseguran quienes no han experimentado el paso, pues son solo 3, sino porque me paro a filmar algo de vídeo y hacer una fotos.

La frontera mauritana es harina de otro costal. Reinan la anarquía y el desorden. Además del control militar, el aduanero y el policial, hay que añadir en este caso el del seguro obligatorio y el del registro turístico de viajeros. Todos ellos son edificios independientes, y cada uno tiene su barrera. Son cien metros de pista de obstáculos.

Paso el puesto militar con facilidad. El aduanero está cerrado porque se han ido a comer. Cuando llegan tienen que volver a cerrar porque han decidido reunirse. Sí, reunirse. Después, se les junta la reunión con la hora de rezar. Suena la llamada a oración. Siempre suena. Puede no haber agua para los que estamos bajo el sol, pero siempre hay un megáfono que llama a rezar. Y rezan. Se congregan detrás del edificio de aduana, en filas de a diez, y rezan. Todos juntos: los que en unos minutos decidirán quién pasa y quién no, con los que pasarán y los que no. Los que robarán, extorsionarán y abusarán, con los robados, extorsionados y abusados. Todos juntos unidos por la fe. Qué bonito sentimiento de camaradería.

Acaban, y la cosa se pone en marcha. Se diría que somos un grupo de estorninos moviéndose de forma sincronizada de un lugar a otro. Todos a un lado. A la señal, todos a otro. A la señal, giro brusco y cambiamos de dirección. A la señal, volvemos al lugar de donde partimos.

Voy a subirme en la moto y pasar la barrera de la aduana cuando en ese momento se me acerca un hombre agitando en su mano un taco de tickets. Debo pagar el parking, dice. Soy el único extranjero en el puesto fronterizo, así que imagino que debía intentarlo conmigo, pero me preocupa que lo haya hecho porque pueda parecer un estúpido de semejante categoría ¿Parking? ¿En el desierto del Sáhara? Le sugiero que me acompañe al puesto de aduana para que podamos confirmar este particular, pero rehúsa. Yo voy, y ocurre lo que suponía. Del puesto sale un policía que le da dos gritos y pone las cosas en su sitio. Me juego lo que sea menester a que no le ha gritado por tratar de engañarme, sino porque ese era su territorio, pero la maniobra ha surtido efecto.

Con el seguro obligatorio es diferente. Sé que no es obligatorio obtenerlo en ese puesto, como también sé que no me van a dejar pasar si no lo pago. La connivencia entre la policía y la oficina que expende el seguro es más que evidente. Y el tipo que debe levantar la barrera ha dejado clara su posición. Me digo que son solo 10 euros (si calculo el coste por año, es con mucho el seguro más caro que he pagado en mi vida de motero), y que a cambio tendré seguro para tres días, que es el mínimo que se despacha. El calor va haciendo mella en el ánimo y prefiero no complicar las cosas. Pago.

Han pasado más de cuatro horas. Solo me queda rellenar la ficha de la Oficina de Turismo. Me siento, pero no me lo tomo con calma. La oficina es un contenedor reconvertido, y dentro hace un calor del diablo, que es el calor que hace en el infierno. Mientras anoto mis datos en la ficha pienso que en Mauritania reciben al turista metiéndole literalmente en un horno, y no puedo evitar sonreír.

Alguien me dice que ya está, que me puedo ir. Solo cuando estoy seguro de que así es, bajo la guardia y me relajo. De pronto, me siento muy cansado. En menos de media hora estaré en Nouhadibou, la ciudad pirata. Y esta noche dormiré como duermen las piedras.