Sobre las fronteras

Las fronteras no son geográficas. En un atlas no es posible separar el mapa geográfico del político y del económico. Las fronteras son geográficas porque son políticas y económicas. De otro modo, las fronteras geográficas dejarían de tener razón de ser. La forma en que enseñamos a nuestros hijos geografía con esos atlas está orientada [...]

Las fronteras no son geográficas. En un atlas no es posible separar el mapa geográfico del político y del económico. Las fronteras son geográficas porque son políticas y económicas. De otro modo, las fronteras geográficas dejarían de tener razón de ser.

La forma en que enseñamos a nuestros hijos geografía con esos atlas está orientada a cómo después emplearán esos conocimientos en el marco de eso tan irreal, lejano y en cierto modo imposible que hemos convenido en llamar futuro. No hay un atlas que plantee una idea del mundo desde un punto de vista humanista, sencillamente porque esa voluntad no existe.

Las fronteras son también culturales y sociales, pero sobre todo las fronteras son mentales. Las fronteras son producto de la codicia, de la arrogancia, de la soberbia, de la incultura y del miedo. Que no me cuenten patrañas. Y debemos hacer lo posible por luchar contra ese tipo de fronteras.

En el puesto militar de la frontera marroquí con Mauritania vivo en directo lo que significa echar a alguien fuera de un país. Un senegalés es empujado literalmente hasta el otro lado de la línea fronteriza, y es advertido a gritos de que no vuelva a poner un pie en Marruecos. Cuando hablo de empujones y gritos me refiero a los que propina y profiere un militar marroquí de frontera a un senegalés sin la documentación en regla. Sin medias tintas. Incontestable. Imposible no recibir el mensaje. Hay en esos gritos y empujones una clase de violencia a la que en casa no estamos acostumbrados. Diría que se trata de violencia moral, que tiene como objetivo no ya imponerse, sino someter.

En las fronteras de los países subdesarrollados uno puede asomarse al lado más oscuro del ser humano, y el racismo es una de sus manifestaciones. Las formas más crueles de racismo cultural las he vivido en las fronteras centroamericanas o asiáticas como estoy seguro de que voy a encontrar en la gran mayoría de fronteras que están por llegar en este viaje.

Cuando yo también cruzo la línea, el senegalés se me acerca en busca de ayuda.  Es joven, no más de treinta años, alto y muy delgado. Y negro, muy negro, lo que en una frontera como la marroquí no ayuda en absoluto. El militar marroquí se considera a sí mismo lo que por aquí llaman “moro blanco”, lo que supone encontrarse socialmente unos peldaños por encima de un negro tan negro como es el senegalés.

Tiene cara de buena persona. No parece inquieto con su situación, ni dolido con el militar marroquí. Está desorientado. Y muy desconcertado. No sabe qué debe hacer. No alcanzo a imaginar cómo estaría yo en su lugar.

Viaja con un diminuto trolley desarbolado, al que posiblemente ha arrastrado tras de sí desde Senegal. Consigo entender que no sabe por qué le han echado. Se me hace muy raro que hablando francés no se haya entendido con el militar, pero yo estaba delante y no me cabe duda de la falta de entendimiento. Busco en su pasaporte la visa para Marruecos, y no la encuentro. Imagino que entre países vecinos, como lo son Senegal y Mauritania, quizá no necesiten visado para transitar de uno a otro, pero me cuesta creer que sea lo mismo con Marruecos, así que supongo que ése es el problema. Trato de explicarle que posiblemente necesite un visado para entrar en Marruecos, y que quizá se lo puedan expedir en el consulado de Nouhadibou. Pero no me entiende. Y no es debido a mi mal francés, sino a que no comprende el concepto de visa. Le muestro mi visa para entrar en Mauritania, pero sigue sin comprender. Y es que esas cosas ocurren, y hay personas así en el mundo; personas para las que las fronteras no son algo concreto; personas que cuando quieren ir, se limitan a ir; personas que no entenderán, por mucho que se les empuje hacia atrás una y mil veces, que para ir en busca de alguien o de algo les deba ser expedido salvoconducto de ninguna clase, o que deban pedir permiso a nadie.

En la actitud del senegalés hay algo de conformismo, de abandono, y de aceptación de las circunstancias. Como si lo que le está sucediendo ocurriera porque le ha tocado a él, no porque una visa sea necesaria para entrar en otro país que no es el suyo. Pienso que de ahí a perderse en su camino al norte, vaya donde vaya, hay una distancia muy corta.  Y que está expuesto en su camino a peligros que quedan fuera del alcance de mi imaginación. Pero de pronto me doy cuenta de que quizá es ahí precisamente donde radica su fuerza; en su capacidad para encajar el golpe sin caer. Y continuar de pie por muchos golpes que reciba. Y a pesar de los gritos y los empujones continuar adelante. Tal vez África sea eso, me digo; aguantar los empujones si caer. Y de ser así, creo que no habrá muchas fronteras que un día no muy lejano se libren de saltar en pedazos por los aires.

No pude hacer nada por el senegalés. O eso me pareció. Y allí le dejé. Me pregunto dónde estará hoy. Quizá siga en la frontera, tratando de comprender qué es una frontera.